Reportajes Especiales

«EL CASTILLO DE LA PUREZA» (1/7 PARTES)

El escritor José Emilio Pacheco y el director Arturo Ripstein fueron a las fuentes originales de la noticia y se inspiraron para elaborar un exagerado guion que hasta ganó un Ariel

Rafael Pérez Hernández y su injusto cautiverio de 13 años que terminó una tarde cuando por un descuido se colocó un nudo corredizo en el cuello y se dejó caer desde lo alto de una reja

El público no lamentó demasiado la desaparición del químico enfermo principalmente los periódicos lo habían estigmatizado como “el loco de la química”, “el maniático del norte de la ciudad”, “el asesino de sus hijos”…

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México

Ciudad de México.- Sin darse cuenta de su profunda confusión mental, un químico encerró a su familia durante 18 años y, brutalmente satanizado por los medios de información, fue enviado a prisión en lugar de someterlo a tratamiento psiquiátrico.

Su drama fue exagerado por el escritor José Emilio Pacheco y el director Arturo Ripstein, quienes “fueron a las fuentes originales de la noticia y se inspiraron para elaborar el guion de la película El Castillo de la Pureza”.

Eso significa que los mediocres y abultados reportajes de la época (1959, cuando triunfó la Revolución Cubana) fueron el pretexto para distorsionar la historia dramática de una familia extraña, pero respetable.

Trece años soportó Rafael Pérez Hernández su injusto cautiverio, y una tarde, como le faltaba un brazo, pidió a un compañero de reclusión que le ayudara a fijar un lazo con nudo corredizo “para elevar una caja que contenía café”.

En un descuido del otro reo, Rafael se colocó el nudo corredizo en el cuello y se dejó caer desde lo alto de una reja.

El deceso fue instantáneo, según expresó un médico legista de la Primera Delegación, a donde fue llevado inicialmente el cuerpo del desdichado padre de familia, quien varios meses antes había solicitado que su esposa e hijos ya no lo visitaran en Lecumberri, pues tal circunstancia sólo servía para que la gente se burlara de ellos.

El público no lamentó demasiado la desaparición del químico enfermo, pues principalmente los periódicos lo habían estigmatizado como “el loco de la química”, “el maniático del norte de la ciudad”, “el asesino de sus hijos”, “el secuestrador”, el “plagiario”, “el ogro”, etcétera.

Su tragedia estaba considerada como “lo más sensacional en los anales del crimen en México”.

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