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EL DRAMA DEL “AVISPÓN VERDE”

*En medio de una “procuración de justicia” controlada por el Ministerio Público y ejercida con golpes, amenazas, daño psicológico y extorsión, fueron asesinados por agentes federales tres jóvenes y su padre en una masacre que conmovió a México por su violencia e impunidad

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México
(Primera de tres partes)

Ciudad de México.- En medio de una “procuración de justicia” controlada por el Ministerio Público y ejercida con golpes, amenazas, daño psicológico y extorsión, fueron asesinados por agentes federales tres jóvenes y su padre -“El Avispón Verde”- en una masacre que conmovió a México por su violencia e impunidad.

Ninguno de los criminales fue castigado y la PGR los protegió “comisionándolos” en diferentes lugares de provincia, donde, uno de los prófugos, como para justificar su persecución, ametralló a transeúntes después de un incidente de tránsito en Guadalajara, Jalisco.

Fue tan implacable la crítica que el Presidente Carlos Salinas de Gortari—quien rindió homenaje a los “héroes” policiales, engañado por “fuego amigo”—prefirió crear la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que bajo la titularidad del doctor Jorge Carpizo McGregor, acosó a los presuntos responsables y a la PGR, en busca de una justicia que jamás llegó.

Y menos cuando para aplacar su indignación, el doctor Carpizo fue nombrado Procurador General de la República y posteriormente Secretario de Gobernación.

Obviamente, nunca ordenó que le rindieran cuentas del asesinato de los hermanos Jaime Mauro, Héctor Ignacio y Erick Dante Quijano Santoyo, así como el secuestro y homicidio del “Avispón Verde”, Francisco Quijano García, cuyo cuerpo momificado fue localizado en una cisterna del área San Juan de Aragón.

Otro hijo de Quijano García, Sergio Maximino fue culpado de varios delitos aunque dijo haber demostrado que estaba en Cancún, cuando fueron cometidos.

Y el más famoso vástago del “Avispón Verde”, Francisco Flavio Quijano Santoyo—asesor del FBI, campeón nacional de tiro al blanco y adiestrado por los servicios especiales israelíes—, quien había enfurecido cuando agentes federales intentaron detenerlo para extorsionarlo con 300 millones de pesos de la época (1990), estaba prófugo luego que un “compadre” suyo que lo acompañaba, inició tremenda balacera en las cercanías del famoso café La Habana, donde Fidel Castro Ruz y Ernesto Guevara Lynch acordaron detalles de la revolución que “liberó” a Cuba.

Cabe mencionar que otro guerrillero cubano, el líder estudiantil Nicolás Mc Farland, mejor conocido como “Julio Antonio Mella”, fue asesinado en la misma zona, traicionado por la fotógrafa italiana “Tina Modotti”, en enero de 1929.

El tiroteo del 13 de enero de 1990, costó inicialmente la vida de dos agentes federales y luego un brutal asalto de cien agentes armados con metralletas y con apoyo de dos helicópteros, ante cuyos ocupantes se “cuadraban” los agresores.

La balacera del sábado 14 precedió a la salvaje tortura de Héctor Ignacio Quijano Santoyo, (detenido junto con su hermano Sergio Maximino), quien reconoció que “Paco” podría estar oculto en Paseo de la Escondida, número 1, Fraccionamiento Ojo de Agua, municipio de Tecámac, Estado de México.

Se dijo que cien elementos del “Grupo Tiburón” (comandado por Fernando Ventura, hijo del exjefe de Interpol en México, Florentino Ventura, quien posteriormente perdió el control, mató a la esposa de un exguerrillero, a su esposa y luego se dio un balazo en el paladar, en Perisur), recibieron armamento moderno y fueron por “Paco”, a quien no conocían y menos a sus hermanos Erick Dante y Jaime Mauro.

Con vehículos fueron cerradas las calles aledañas a la residencia de la familia Quijano, (según se informó oportunamente), y a las 7.30 horas, domingo 14 de enero de 1990, se inició el asalto en busca del prófugo Francisco Flavio Quijano Santoyo, capaz de acertar diez de otros tantos balazos contra una llanta con centro de madera, arrojada por la ladera de una montaña, de acuerdo al entrenamiento en instalaciones del Mossad, servicio secreto israelí.

La señora Elvira Santoyo García, 68 años de edad en 1990, (hoy descansa en paz, posiblemente, aunque muchos creyentes lo dudan, dada la magnitud de su tragedia), lastimada de la columna vertebral y entonces recientemente operada, dijo que en el interior de la residencia Quijano, estaban ella y su nuera, María del Rocío González Fernández, los niños Michelle, Ignacio Alonso y Jimena, de 8, 5 y 2 años de edad. También estaban ahí los hermanos Erick Dante, (esposo de Rocío), y Jaime Mauro Quijano Santoyo.

En un pequeño prado, frente a la casa, estaba Héctor Ignacio Quijano Santoyo, con evidentes huellas de tortura en el rostro; atados de pies y manos. “¡Sal, Paco, estás copado!”, decían los agentes a grito abierto, mientras hacían funcionar sus ametralladoras contra los muros interiores de la presunta “casa de seguridad”…que nunca fue tal.

Testigos presenciales de casi todo el drama fueron las señoras Elvira y María del Rocío, quienes contaron oficialmente que los agentes golpeaban las puertas y las ráfagas de metralleta pegaban sobre las paredes de la casa, entraron Jaime y Erick a la habitación de su progenitora, quien les preguntó qué pasaba, “es la policía”, dijeron, mientras cada uno esgrimía un rifle.

Los jóvenes Quijano se quedaron viendo a los niños—tendidos en el piso—y arrojaron los rifles a una cama, para “salir con las manos en alto, suplicando que cesara el tiroteo porque había mujeres y niños en el interior de la residencia”.
Mientras, “los otros seguían metralleta y metralleta. Mis hijos gritaban que se calmaran, primero salió Erick y luego Jaime, yo tomé a los niños, los levanté y empecé a gritar que no tiraran, para no lastimarlos”, dijo la señora Santoyo.

Entonces, “salí con el niño Ignacio Alfonso, y la niña Michelle. Me seguía mi hija con Jimena. Me apoyaba en Michelle por mi problema en la columna vertebral y no puedo caminar bien, recién que me incorporo. Yo les decía a los agentes que me dejaran tomar mi bastón y entonces me di cuenta que mi hijo Héctor Ignacio estaba tirado, a la salida de la casa”.

En un trozo de pasto “lo tenían botado, todo ensangrentado, amarrado de las manos por atrás; atado de los pies; me gritó; “¡Salte con los niños, mamá!”…había agentes trepados en las bardas, otros golpeaban el zaguán, algunos dañaban otra puerta, aquellos hacían pedazos la puerta de entrada directa, era un enjambre”.

-Me impactó ver a mi hijo, mi primera intención fue acercármele, pero me jalaron los agentes hacia la vuelta, para que no viera lo que sucedía—agregó.
María del Rocío comentó que ella sí vio a su esposo y a su cuñado, “cuando yo salía de la casa, había sangre en el corredor, de la puerta de la casa hacia la calle, yo supongo que los mataron ahí a Jaime y a Erick; en cuanto mi esposo salió, no sé, transcurrieron cuatro segundos y se oyeron ráfagas de metralleta y es cuando estoy segura que los mataron; en seguida que salió mi cuñado, igualmente, pasaron tres, cuatro segundos y se oyeron otra vez las ráfagas de metralleta. Erick y Jaime estaban tirados a escasos centímetros de la puerta que da a la calle, amontonados, yo supongo que los arrastraron; me di cuenta porque al salir casi piso a mi esposo, me quise acercar pero me jaló uno de los agentes, en esos momentos vi a “Chato”-Héctor Ignacio y me gritó: “¡Rocío, salte!”, tenía la cara destrozada, tirado, amarrado estaba de pies y manos”.

Las señoras estuvieron de pie, en pleno sol, hasta las 13.30 horas, de aquel domingo 14 de enero de 1990, cuando llegaron dos helicópteros y aterrizaron cerca de la residencia de los Quijano, “los agentes iban a cuadrarse”…
Luego reconocieron las declarantes que no fueron maltratadas nunca, físicamente, pero sí amedrentadas y humilladas.

Al llegar a la calle López, de la ciudad de México, el grupo familiar fue llevado a una oficina donde estaban cautivos algunos individuos no identificados, y al protestar por el espectáculo lamentable, señoras y niños fueron trasladados a otro sitio, de donde no saldrían hasta el miércoles 17, por la noche.

En cuanto a “Chato”—Héctor Ignacio—quien estaba vivo aunque muy golpeado a la hora del asalto a la residencia Quijano, María del Rocío suponía que los agentes lo tomaron como escudo para protegerse se alguien dispara desde el interior, y una vez dentro, lo sacrificaron a balazos. Así que un cuerpo quedó dentro y dos fuera de la casa en Ojo de Agua.

Más tarde fueron obligadas las señoras a firmar sendas actas de Ministerio Público Federal, donde la señora Santoyo “reconocía” que sus hijos habían salido armados para enfrentarse con la policía, lo que negó siempre la afligida madre de familia, quien solo puso sus iniciales y estampó una huella digital.

María del Rocío “aceptó” que su marido le había dicho antes de salir que se iba a llevar a todos los que pudiera por delante y que era testigo de que en la casa había “CERCA DE 40 ARMAS Y CIENTOS DE BALAS”.

Los agentes dejaban escuchar una televisión y en el noticiario se hablaba de un “enfrentamiento” en Ojo de Agua, con saldo de tres muertos, y “como no se mencionaban nombres de agentes, al buen entendedor, pocas palabras, supe que mis hijos habían muerto”, comentó doña Elvira.

-Fue un golpe tremendo, salí del encierro, tomé a un agente por las solapas y le dije con coraje que me platicara si habían matado a mis hijos, entonces se vino una bola de agentes y me apartaron, mientras yo preguntaba cómo habían matado a mis hijos—indicó.

Una secretaria, con el cabello pintado casi de blanco, “me dijo que yo estaba llorando por mis hijos, pero que antes las madres de los agentes muertos ya habían llorado”.
Entonces le dije que había jueces para juzgar a mis hijos, “que quiénes eran los agentes para tomarse la atribución de matar”, agregó, “y volvieron a encerrarme y pidieron a Rocío que me tranquilizara”.

Tal vez el mismo día que “yo me enteré que habían matado a mis hijos, oí por televisión que hubo un festejo donde el Presidente de la República felicitaba a la policía, que era lo mejor que teníamos, que eran esto y lo otro, y el señor Presidente felicitándolos, después de que unas horas antes yo había oído que habían matado a mis hijos”.

–Usted, dígame si no son cobardes, porque eso es lo que son, según ellos iban a buscar a uno, a Paco, pero iban no menos de 35 unidades con cien agentes con metralletas…¿para detener a uno solo? Y todavía mienten al decir que se identificaron tras llamar a la puerta, cuando ametrallaron sin importarles los niños y mujeres—enfatizó.

Cuando se habla con la verdad no hay que esconderse de nada, “yo reclamé porque asesinaron a mis hijos; deseo que se sepan las bribonadas que cometen éstos; figúrese que un agente se robó un cepillo del cabello y otro robó una chaqueta de Erick y la lucía, poco tiempo después de que habían asesinado a mis hijos; tampoco deseo que mientan al decir que Héctor Ignacio se soltó, tomó un arma e intentó disparar…Por favor”.

El Servicio Médico Forense, cuyo director era el doctor Fernando García Rojas Olvera, indicó que Erick Dante recibió 2 tiros; Héctor Ignacio, 2 tiros; Jaime Mauro, 7 tiros; Manuel Moreno Fierro, 7 balazos; Pedro Madrid Cortés, 5 tiros. La mayoría de las balas tenía camisa de cobre.

Sergio Maximino Quijano Santoyo fue enviado al Reclusorio Norte, igual que otros detenidos.

El individuo que inició la balacera en Bucareli, casi esquina con Avenida Morelos, a quien Francisco Flavio Quijano Santoyo llamaba “compadre”, era buscado exhaustivamente por agentes federales en la ciudad de México.

Y lo mismo sucedía en el caso de Francisco Flavio, tricampeón de tiro en la especialidad mexicana de “defensa”, superaba a profesionales israelíes.

En su escape dejó eventualmente a su adorada progenitora, lo mismo que a su esposa, Patricia Ruiz Peña y tres pequeñitos.

Obviamente, algunos medios de difusión se encargaron de darle una imagen de Enemigo Público Número Uno, de un superhombre sanguinario y cruel, dueño de una puntería asombrosa con armas de fuego.

Casi nadie sabe que cuando niño, Francisco Flavio fue a su escuela, en la ahora alcaldía de Azcapotzalco, para participar en simbólico desfile por calles cercanas, pero tardó demasiado en regresar, a grado tal que el “Avispón Verde”, Francisco Quijano García, lleno de inquietud, fue a buscar al niño.

Encontró al muchachito, desesperado, porque sus extremidades inferiores no le respondían. Sentado en la acera, Flavio lloraba en silencio. El agente de la Policía Judicial del Distrito, bautizado como “Avispón Verde” por el comandante Carlos Casamadrid Miranda, no pudo contener el llanto, y con el pequeño en brazos, llegó al lado de doña Elvira y junto acudieron a interminables consultas médicas, en busca de mejoría para Francisco Flavio.

El tratamiento no fue sencillo, duró mucho tiempo; el niño era llevado en carreola al plantel para que no perdiera clases, y tras cumplir con su tarea, se refugiaba en un establo, (abundaban en Azcapotzalco), para ejercitarse diariamente.
Para que el ejercicio no se le hiciera monótono, “El Avispón Verde” le compró un rifle de diábolos y Francisco Flavio se entretenía disparando contra roedores.

El detective Quijano García enseñó los secretos del tiro al niño enfermo, y tal vez por ese amor demostrado, Francisco Flavio soportó dolorosas inyecciones sin quejarse y mejoró paulatinamente hasta dejar para siempre la carreola.
En las ferias, padre e hijo comenzaron a competir en puntería, así como en campos de tiro a los que tenía acceso el agente judicial del Distrito, ahora ciudad de México.

Los otros muchachos se abrían diferentes caminos. Erick Dante estudió Ciencias Políticas en la UNAM; Jaime Mauro y Héctor Ignacio prefirieron el comercio. Y para entonces ocurrió otro drama; a causa de las llegadas tardías del investigador, el matrimonio se disolvió para siempre.
El mismo “Avispón Verde”, (tenía los ojos verdes), relataba la separación con relativa frialdad: “Esa noche llegué como a las 22.30 horas, Elvira tenía lista mi maleta y me recordó su advertencia, en el sentido de que no me recibiría más, si arribaba tarde. Tomé mis pertenencias y me marché del hogar, sin volver el rostro, sin pedir más explicaciones”.

La mayoría de sus hijos compensaron a doña Elvira por la ausencia del policía, la llenaron de amor, respeto y ternura, le dieron nietos que alegraron el hogar y le brindaron un apoyo inolvidable.

El campeón de tiro mexicano de “defensa”, Francisco Flavio, veía con alguna frecuencia a su padre, no sólo para pedirle algún consejo técnico, sino para recordar tiempos mejores y distraer la mente.

La soledad afectó al agente, y en su grupo, Segunda Comandancia, al mando de Carlos Casamadrid Miranda, procuraban levantarle el ánimo, bromeando y dejándole misiones tranquilas.

Así, cuando Quijano García llegaba a las oficinas, Carlos Casamadrid hacía funcionar un tornamesa, (eran populares, no se utilizaban muchos los cassettes y no llegaba aún el tiempo de los discos compactos), para tocar el disco de la popular serie de televisión “El Avispón Verde, sobrenombre que acompañó hasta su muerte al entonces solitario investigador.

Al conocer a la señorita Rosa Valdivia, el aún joven Francisco Quijano formó nueva familia y quizá para recordar a la anterior, llamó Héctor al niño Quijano Valdivia.

La herencia paterna convirtió en acaudalado al “Avispón” y compró acciones del café La Habana, legendario y céntrico negocio donde se reunían periodistas de todos los medios de comunicación, políticos, funcionarios de Gobernación, artistas de cine, radio y televisión.

El negocio está cerca del Reloj Chino, monumento obsequiado a México durante las celebraciones del primer centenario de la Independencia.

Como detalle curioso, “El Avispón Verde” mencionaba que muchos individuos a quienes ayudó como policía, pasaban a saludarlo, disfrutaban un café y le contaban cómo se habían regenerado.
Monaguillo en Coyoacán y nacido en el famoso barrio Ex hipódromo de Peralvillo, relativamente cerca de la glorieta célebre por anuales peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, Francisco Quijano renunció a la pasividad para trabajar en pro de la justicia verdadera.
Al convertirse en agente de la Policía Judicial del Distrito, durante un encuentro con pandilleros, mató a dos de sendos balazos en el corazón. El destino parecía advertirle que su vida sería dramática si persistía en disfrutar del peligro. Pero no se alejó de los senderos que, directa o indirectamente, lo llevaron a la tragedia familiar y luego a su violenta e injusta extinción, tal vez porque se equivocó gravemente al culpar de su desgracia al hijo de Florentino Ventura, asegurando que personalmente lo había “torturado de manera salvaje”…pero el verdugo había sido otro federal. “El Avispón Verde” denunció el narcotráfico en la PGR y culpó directamente a Florentino Ventura, desacreditándolo sólo por ser el padre del presunto torturador…que nada tuvo que ver en el suplicio al “Avispón”…

Realmente, de nada sirvió que durante su juventud, Francisco Quijano hubiera detenido a presuntos delincuentes con asombrosa táctica: nada de violencia y sí de comprensión.

Sin aspavientos ni exhibiciones de “charolas”, (placas policiales), Francisco se presentaba en el territorio hostil controlado por el hampa, (generalmente Tepito, Colonia Morelos, Colonia Atlampa o Santa Julia, en la ciudad de México), y pedía hablar con la madre o hermanas del infractor.

Lo miraban con sorpresa, a veces con admiración por su osadía, pero siempre con respeto. De cada diez citados por la justicia, siete se presentaban sin presiones…porque “el Avispón Verde” los asesoraba, siempre con la intención de que se pasaran “al lado claro de la calle”.

A las damas les decía con amabilidad: “Nuestro problema no es personal, simplemente cumplo con traer la orden de presentación. A mí no me gusta humillar a nadie. Y menos delante de sus parientes. Si tal o cual sospechoso se entrega, lo ayudaré en la medida de mis posibilidades. De otro modo, habrá heridos o muertos. No hay necesidad alguna y el sospechoso no puede escapar por siempre, es terrible andar a salto de mata”.

Y casi por rutina terminaba su exhortación así: “Si tiene chamba su hijo, dígale que pida un permiso por tiempo indefinido, así no perderá el empleo, y cuando arregle su problema, que para todos los conflictos hay solución, no necesitará esconderse de nadie”.

Para entonces había apoyado económicamente a las madres de los pandilleros a quienes dio muerte de un tiro en el corazón y, cosa extraña, las señoras le habían dicho: “Tal vez fue mejor así, ya debían muchas y sabíamos que terminarían violentamente”.

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