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EL GENERAL DURAZO (Primera Parte)

Julio Villarreal Arreola/Sol Quintana Roo

El espectacular vuelo del famoso “Negro” Durazo, abarcó desde las cumbres del acierto policial hasta el planeo en los pantanos de la corrupción, que lo convirtió en “general”, le permitió suspirar por la silla Presidencial y lo obligó a parar en frías mazmorras, hasta que sus alas se detuvieron para siempre en la dolorosa sima del aislamiento humano.

Ese sería un resumen del caso cuya conclusión, como siempre, estará a cargo de nuestros numerosos lectores.

Satanizado por un libro saturado de mentiras y verdades, ¿Arturo Durazo Moreno fue un chivo expiatorio? ¿Acaso el “monstruo aborrecible” que describió deslealmente un excolaborador policiaco?

Tal vez no era demoníaco, pues varios grupos de egresados del Instituto Politécnico Nacional, le rogaron fuese padrino de generación y les dispensó favores y regalos.

Los politécnicos no eran analfabetos ni seres sin reflexión. Sabían perfectamente que Arturo Durazo Moreno había sido seleccionado para convertirlo de “Negro” en blanco favorito de los medios de información, aparentemente entusiasmados por un libro pequeño que alcanzó la venta de dos millones de ejemplares, a 350 pesos cada uno, en aquella época.

Famoso, amigo personal de dos Presidentes de la República, alcanzado por la leyenda de infinita corrupción policial, Durazo explicaba inútilmente que muchas de las órdenes que “dio el general Durazo”, fueron inventadas por muchos segundones que se enriquecieron a su sombra.

Efectivamente, los mandos medios pedían “cuotas” a los inferiores, so pena de “perder el trabajo si no cumplían con esas instrucciones superiores”.

Pocos tenían entonces una idea de lo que significaba la policía mexicana capitalina, en cuanto a los ingresos que generaba para los privilegiados.

Pero no se crea que los más afortunados eran quienes gozaban de celebridad, los que se pasaban el tiempo declarando ante cámaras y micrófonos. No, los verdaderos “ganones” eran silenciosos, grises, sin personalidad, pero efectivos a la hora de repartirse las tajadas del león.

La policía mexicana siempre fue, en menor o mayor escala, la Meca de los ambiciosos civiles y militares que “pretendían combatir el crimen en beneficio de la sociedad”. Es por ello que no sorprendió a “todo el mundo” el que Arturo Durazo Moreno hubiese preferido comandarla, durante 6 años, a estar como titular de la Dirección de Aduanas o de la Procuraduría General de la República.

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Manuel Buendía

¿Qué no era licenciado? Un “cambiecito” a la Ley habría arreglado el asunto. ¿Dirección Federal de Seguridad? Comenzaba a derrumbarse por la terrible corrupción cuyos secretos costaron la vida al famoso periodista Manuel Buendía Téllezgirón. No…Policía y Tránsito le agradó a Durazo como insólito trampolín a la Presidencia de la República. Claro que para ello había que tener algún título, Honoris Causa, por ejemplo, que le concedió sin titubear el Tribunal Superior de Justicia del entonces Distrito Federal-salvo error u omisión-, a manos del exjuez penal Salvador Martínez Rojas, reconocido por su honestidad entre otras cualidades.

El autor de “Lo Negro del “Negro” Durazo”, el desleal José González—vivió de la policía y no dudó en llenarla de lodo, posteriormente–, describió como modelo de presunción y prepotencia el dispositivo de seguridad del llamado general Durazo.

–Desde las siete de la mañana, diariamente, se instalaba la seguridad de la siguiente manera: dos patrullas en el kilómetro 23.5 de la carretera federal México-Cuernavaca, para detener la circulación en ambos sentidos cuando el convoy que trasladaba al “Negro” entrara a la cinta asfáltica; y desde ahí, hasta la Plaza de Tlaxcoaque, donde se inicia la Avenida 20 de Noviembre, se colocaban dos policías en cada crucero para impedir el tránsito de vehículos hasta que pasara la comitiva.

-Había dos policías más en cada paso a desnivel de peatones, desde la Calzada de Tlalpan y a lo largo del viaducto del mismo nombre, hasta el edificio de la Dirección General de Policía y Tránsito; también se cubrían todas las azoteas de los edificios que se encuentran frente a la entrada del sótano de dicha Dirección; se mandaba, con un margen de tres a cuatro minutos, una patrulla con cuatro elementos armados con metralletas alemanas, pero se utilizaba también como avanzada una patrulla disfrazada de taxi, para que en caso de que notara alguna irregularidad, lo comunicara por radio de inmediato.

-Tres motociclistas iban de punteros, abriendo la circulación del “Negro”; dos patrullas más, cada una con cuatro elementos, también armados con ametralladoras, aparecían como escoltas inmediatamente atrás del automóvil de Durazo; y más atrás, a una distancia razonable, la correspondiente a seis o siete carros, iba otra patrulla también disfrazada de taxi con cuatro elementos, invariable y perfectamente armados con ametralladoras; por último, cerraban el despliegue otras cuatro motocicletas con personal también muy bien armado, cuya misión era impedir que algún coche rebasara al convoy—concluía José González.

Esos detalles molestaron a muchos lectores y los predispusieron contra Durazo por “exhibicionista”. Pero nunca dijo el pistolero cuál fue el motivo de tales medidas de seguridad. En cierto modo eran totalmente lógicas.

Arturo Durazo Moreno enfrentó desde la Dirección Federal de Seguridad y la Policía Judicial Federal, a muchos extremistas que se consideraban guerrilleros urbanos.

Arturo Durazo

Ya el FBI había advertido a las autoridades que un grupo de mexicanos había sido adiestrado en Pyongyang, Corea del Norte, azuzado por periodistas e intelectuales opositores al régimen en turno. En 1965, jóvenes mexicanos  armados atacaron el cuartel militar en Madera, Chihuahua, precisamente el 23 de septiembre, fecha que había de dar nombre a una de las más temibles organizaciones antigubernamentales en México.

Los entrenadores coreanos habían recomendado a los guerrilleros, (algunos egresados de la escuela normal de Ayotzinapa, donde dicen que estudiaron Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas), que debían lograr que “el enemigo”—el gobierno–, les suministrara gratis armas y dinero.

Para obtener armamento debían matar a los policías y a soldados que las llevaran, y para obtener dinero nada mejor que robar bancos y almacenes a sangre y fuego. Al mismo tiempo que se lograban los objetivos, “las ejecuciones y expropiaciones” aterrorizarían al “enemigo”, que por un tiempo creería que se enfrentaba a criminales ordinarios.

Flaca memoria debe tener el veterano que no recuerde las masacres organizadas por los terroristas de aquellos años: los policías eran diezmados, con tiros en la nuca, (que les asestaban mujeres), y hubo un asalto célebre, realizado en la Unidad Nonoalco Tlatelolco, (infestada de simpatizantes comunistas), a una tienda Conasupo, donde fueron ametrallados muchos vigilantes, entre ellos una inocente cajera recién casada por lo civil y quien diez días después, según sus planes, buscaría la bendición de la Iglesia.

En el sur de la ciudad de México, 1975, fue asaltada una institución bancaria y fueron ejecutados varios policías. Otra masacre ocurrió en un restaurante de la Colonia Lindavista, cuando ocho guerrilleros, (mujeres y hombres), mataron a policías y guardaespaldas cuando ellos desayunaban tranquilamente.

En otra ocasión se intentó secuestrar a la hermana del licenciado José López Portillo, (uno de los amigos del “Negro” Durazo), y un famoso guerrillero fue lesionado de gravedad, David Jiménez Sarmiento, “Chano”, quien, cuando era llevado a la Cruz Roja, intentó accionar una bomba que llevaba oculta en su chamarra. El explosivo era para volar una patrulla policial.

Afortunadamente, para los socorristas, “Chano” perdió la vida sin llevarse consigo a los inocentes servidores de la benemérita institución.

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El sonorense Arturo Durazo Moreno, pues, había intervenido personalmente en muchas batallas antiguerrilleras urbanas y no pocos subversivos juraron darle muerte en la primera oportunidad, aumentando su odio contra Durazo cuando cometió el error de decir que “siempre perseguiría a los activistas hasta exterminarlos como perros”.

Así, el jefe policiaco no podía darse el lujo de menospreciar las amenazas de muerte, porque aquellos muchachos de “línea dura” no eran de los que entablaban diálogos con representantes federales.

Jamás tuvo miedo, hay que reconocerlo y en la llamada “Brigada Blanca”, nunca se quedaba atrás del frente de combate, se jugó la vida muchas veces contra jóvenes fanatizados y especialmente adiestrados con apoyo de intelectuales, universitarios y maestros opositores, quienes mantenían relaciones cercanas con rusos, coreanos y chinos extremistas.

De manera que hacerse custodiar por elementos armados con ametralladoras no era tan descabellado como pretendió hacer creer el mentiroso José González.

Se dice que el libro “Lo Negro del “Negro” Durazo” surgió por la envidia que tenía González en torno a la fama de valiente que gozaba el jefe policiaco. Puede ser…porque José González, a pesar de sus balandronadas, jamás se alistó en el grupo especial antiguerrillero.

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Libro «Lo negro del Negro Durazo»

Al parecer, José González narraba a quien quisiera escuchar la supuesta anécdota, de que el agente federal Arturo Durazo Moreno había “torturado brutalmente al cubano Fidel Castro Ruz y el argentino Ernesto Guevara, porque no querían reconocer que preparaban en México una insurrección contra Fulgencio Batista en Cuba”.

Comentaban algunos agentes federales que Durazo humilló con un mango de escoba a los guerrilleros, para “quedar bien con sus superiores”. De momento no supo el “Negro” que la conocida pareja estimaba mucho al famoso político y detective Fernando Gutiérrez Barrios, a quien distinguieron siempre con su amistad, porque siempre los trató bien…por influencia del general Lázaro Cárdenas del Río, quien intervino para que “los muchachos fueran liberados, sin ponerlos a disposición de las autoridades cubanas”.

Juan Antonio Fuentes Díaz, exadministrador del mercado de La Merced, dijo en su oportunidad que Durazo nació en pañales de seda, su familia era muy conocida en lo que posteriormente se convertiría en la Colonia del Valle y Narvarte, cuando la calle Mitla no se llamaba así…

Un aficionado al boxeo, “El Chuchín”, trabajaba o era dueño de una panadería del rumbo, y en sus ratos libres, enseñó el arte del pugilismo a Durazo, quien fue de los alumnos aventajados.

Posteriormente eso le sirvió para granjearse la amistad de dos amigos suyos de “la pandilla del Valle”: José López Portillo y Luis Echeverría Álvarez, quienes fueron admirados en su juventud por su extraordinaria excursión a la República de Chile, a donde habría llegado a pie durante gran parte del camino.

También era amigo de las hermanas de José López Portillo, a quienes el estudioso “Pepe” les permitía ir a bailar con “El Negro”, previa advertencia de que “nada de confianzas”…

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La vida fue separando de alguna manera al trío, porque a Durazo no le gustaba mucho estudiar y prefería que la tarea se la hicieran sus “cuates”, a cambio de protegerlos “a golpazos” de los abusivos que nunca faltan.

Con cierto temor, el sonorense Arturo Durazo Moreno enamoró a una hermana de los veracruzanos Arturo y Hugo Izquierdo Ebrard, quienes antes o después se convirtieron en los verdugos del Senador Mauro Angulo,    victimado a tiros cuando salía de unos baños públicos al sur de la ciudad de México. “El Negro” se casó con la joven y se enteró que uno de sus cuñados era gran amigo del zacatecano Fidel Corvera Ríos, profesor de Educación Física, quien entre sus “gracias”, contaba ser ladrón de automóviles y asaltante de una joyería cercana al conocido mercado “Abelardo Luis Rodríguez”, próximo a Tepito, en la ciudad de México.

Y a fines de los años 50, Fidel Corvera Ríos y varios amigos suyos, entre ellos uno de los hermanos Izquierdo Ebrard, asaltaron una camioneta del Departamento del Distrito Federal, mataron a un oficial de Tránsito e hirieron a tiros a varios policías durante la persecución que siguió inmediatamente al atraco. Al ser acorralados al sur de la ciudad de México, Contreras, los delincuentes abandonaron el cuantioso y pesado botín, (casi dos millones de pesos viejos, en enormes sacos que no pudieron llevarse los bandidos), y luego fueron cayendo o entregándose a la policía.

Aquella ocasión Fidel Corvera mencionó el nombre de Arturo Durazo Moreno, pero nadie profundizó las investigaciones y “El Negro” se salvó de ser arrestado para la averiguación previa.

El exadministrador de La Merced, Juan Antonio Fuentes Díaz, también aseguró que el sonorense no tenía necesidad de delinquir, pues su familia era dueña de por lo menos 3,000 metros cuadrados de terreno, en lo que después fue la Unidad Independencia, Colonia del Valle y la Narvarte.

Además, sus parientes poseían tráileres y formaron una sociedad con Rubén Figueroa Figueroa, quien posteriormente fue gobernador del Estado de Guerrero. “De hecho—dijo Fuentes Díaz hace tiempo—Durazo tuvo acciones en la línea de Autobuses de Oriente y fue de los primeros transportistas en utilizar los conocidos camiones Thorton en México”.

Tenía tanta suerte el sonorense, que hasta de la venganza de los hermanos Izquierdo Ebrard se salvó, pues abandonó a su mujer y ninguno de los cuñados le reclamó, se dice que estaba enamorado de una rubia.

En la Dirección Federal de Seguridad y como agente de la Policía Judicial Federal, Durazo forjó una gran leyenda: valiente, audaz, confiable, etcétera.

Muchos detectives estaban orgullosos de haber aprendido a trabajar bajo su tutela. Y no precisamente en el hampa.

Él era cazarecompensas de los buenos. Contrabandos de oro, piedras preciosas, cocaína, ídolos prehispánicos en diferentes materiales, caían con frecuencia en las redes tendidas por Arturo Durazo Moreno, quien cobraba cuantiosas cantidades como recompensa por su labor en el Aeropuerto Internacional de la ciudad de México.,

Paulatinamente ejerció su extraordinaria facilidad para hacer amigos y en la terminal aérea conoció de todos: desde periodistas que le solicitaban “cerrar sus ojitos” para que pasara una “fayuquita”, hasta potentados y políticos que le pedían hacerse disimulado cuando se descargaban grandes contenedores repletos de mercancía valiosa, diversa y peligrosa.

Esas relaciones lo promovieron como “gran impulsor” de relaciones públicas, con la influencia que necesitaba para brillar hasta sin desearlo. Era enormemente popular.

Tal vez sea fácil comprobar en muchos diarios y revistas, que el detective aparece al lado de mercancía decomisada a “los malosos”, mientras que “los buenos de la película” se enriquecían a la sombra de los federales.

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Obviamente, todas las “travesuras” del comandante Durazo pasaban inmediatamente a ser simples anécdotas que no ameritaban su publicación en la llamada “nota roja”. Pero, al paso del tiempo, toda la culpa la tuvieron Echeverría y López Portillo, quienes “habían dejado pasar inadvertidas las acciones censurables de su amigo Durazo”.

No todo fue malo y no todo podía ser bueno en la vida del famoso sonorense. El libro de José González, que se promovió como “la denuncia que todo México esperaba”, carecía de lo elemental: pruebas.

Fue por ello que cuando lo consideraron oportuno, las autoridades no dudaron en basar acusaciones en las palabras del señor González…quien no titubeó, ya encarrerado en la confusa y embustera narración, en hacerse pasar como “gatillero” del Presidente Gustavo Díaz Ordaz y haber matado a varias personas “por instrucciones directas de GDO”.

De hecho el seguimiento internacional de Durazo, su extradición y castigo, tuvieron su origen en el libro de González, quien mezcló fantasía, verdades a medias, verdades exageradas y mentiras absurdas.

Dicen algunos policías que las autoridades dejaron escapar a Francisco Sahagún Baca, brazo derecho del jefe de la policía capitalina, acusado de haber ordenado matar a un taxista mexicano y catorce asaltabancos colombianos.

El procesado fue Arturo Durazo Moreno, (a quien González se cansó de señalar como el cerebro de la masacre), pero sólo por “acopio de armas, evasión de impuestos y amenazas cumplidas en grado de extorsión”…una acusación similar a la que se ejerció contra Al Capone en Estados Unidos.

Ante los medios de comunicación, Arturo Durazo dijo muchas veces que él ya era rico cuando ingresó a la Dirección General de Policía y Tránsito…pero nadie le creyó.

Interesaba a los reporteros sobre todo el número de Centenarios que en seis años de impunidad le hicieron llegar sus principales subordinados, pero nadie pudo saberlo en medio de un sistema que Durazo no instituyó, evidentemente los diaristas “calcularon” cantidades de acuerdo a las acusaciones del no confiable José González.

¿Quién no desconfiaría de alguien que se dijo “protegido” de Ernesto Peralta Uruchurtu, el regente de hierro, con quien nadie se atrevía a bromear?

Una mentira de González, que nunca nos cansaremos de publicar: “Por mi destreza con el gatillo, se me nombró pistolero y ayudante personal del   general Renato Vega Amador, con quien formé un grupo de Investigaciones Especiales de la Jefatura de Policía, encauzado a resolver los problemas suscitados por el movimiento estudiantil de 1968. Por supuesto, “ACTUAMOS en la Plaza de Tlatelolco, donde la represión del gobierno fue brutalmente violenta y COBRO CIENTOS DE VICTIMAS”.

En su embuste, que se tragaron los editores del libro, no se dio cuenta González de que no era Renato Vega Amador el jefe de la policía en 1968, sino el general Luis Cueto Ramírez y como subjefe su concuño, general Raúl Mendiolea Cerecero.

Tampoco hubo “cientos de víctimas” como se ha hecho creer a generaciones de mexicanos incautos y crédulos. Y  no se detuvo el mentiroso: dijo ser el creador de Los Halcones, cuando que está confirmado que fue el militar Manuel Escobar, brazo derecho del general Alfonso Corona del Rosal, quien integró a ese grupo paramilitar.

Fue más allá el calumniador: “Participé en la matanza de Tlatelolco y con mi pistola favorita mandé a varios sujetos al otro mundo”. Nunca explicó dónde y cómo participó en la masacre, como que fue una aseveración absurda. La mayoría de las víctimas recibieron tiros desde las alturas, así que un triste pistolero a nivel de la Plaza hubiese sido visto y balaceado o arrestado por las fuerzas armadas policiales o militares.

Bueno, gran amigo de detectives del FBI, a quienes llenaba de obsequios de lujo, Durazo tenía informes de primera mano, que él presumía como si fueran investigaciones mexicanas. “Casualmente”, se adelantaba a los planes de los terroristas y muchos jóvenes cayeron para siempre en violentos combates urbanos. Gran número de guerrilleros “desapareció”, muchos fueron enviados a cárceles militares, otros se convirtieron en prófugos, algunos dejaron “la carrera de las armas” y otros se suicidaron al ser sorprendidos en posesión de granadas, bombas caseras, metralletas, cartuchos, radios portátiles. y en gran porcentaje, los éxitos se debieron a Durazo. Pero el 14 de enero de 1982 comenzaron a aparecer cadáveres destrozados en el Río Tula…CONTINUARÁ

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1 Comentarios

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tinyNadia septiembre 3, 2019 at 4:09 pm

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