Reportajes Especiales

…HUYERON HACIA CHILE

*Los principales acusados recibieron información privilegiada y cuando los agentes federales los buscaban… Simplemente huyeron hacia la Patagonia, donde, en otra fecha comprometedora

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México

4 DE SIETE PARTES

Ciudad de México.- En México, los principales acusados recibieron información privilegiada y cuando los agentes federales los buscaban… Simplemente huyeron hacia la hermana República de Chile, donde, en otra fecha comprometedora, por mera “casualidad”, fue recibido como funcionario diplomático el creador de Los Halcones en México, (Manuel Díaz Escobar, brazo derecho del general Alfonso Corona del Rosal). 

Los mismos que masacraron estudiantes el 10 de junio de 1971, al frustrar una manifestación promovida especialmente por los líderes del 68, que el 3 de junio, (siete días antes de la matanza), regresaron del extranjero, cuando que el pacto que prácticamente les perdonó la vida, era que se “exiliaran” para siempre, a cambio de su libertad. No solamente no respetaron el acuerdo, sino que alentaron la manifestación fallida, que volvió a ensangrentar muchos hogares mexicanos. 

Así, fueron inútiles los esfuerzos que se hicieron para capturar al par de acusados. De acuerdo con la representación social y con el juez de la causa, el ingeniero Jorge Díaz Serrano, director general de Pemex, “tenía la obligación jurídica de garantizar la correcta aplicación de los fondos de ese organismo. 

Por el contrario, persistió en su actitud omisiva y complaciente para que funcionarios de la empresa paraestatal, entre los cuales se contaban sus principales colaboradores, continuaran realizando operaciones fraudulentas para la obtención de lucros indebidos con el incremento de precios que se hacía en la compra de las motocompresoras, módulos de compresión de gas y equipo accesorio”. 

El funcionario pudo evitar el fraude de haber usado los medios lícitos que tenía a su alcance, esto es la fiscalización de esas operaciones por la auditoría interna de la institución, la cual estaba a su mando, independientemente de poner los hechos en conocimiento de las autoridades competentes para que investigaran los delitos, pero “lejos de ello adoptó una actitud pasiva encubriendo esos hechos constitutivos del ilícito de fraude”. 

En descargo del ingeniero Jorge Díaz Serrano debió consignarse, y al parecer, jamás se hizo, que los documentos que le pasaban a firmar eran profesionalmente falsificados, con sellos, firmas y hasta papel original de las diferentes oficinas que “autentificaban” el papeleo. 

¿Cómo podía darse cuenta de que eran documentos apócrifos utilizados para todo, no tanto especialmente para abultar presupuestos, (que es lo de menos en la corrupción que ha dañado legendariamente a Pemex), sino para apoderarse a como diera lugar de la fortuna incalculable que desde hace 81 años pasa por los “controles” de Pemex? 

No fue coincidencia que se intentara “callar” mediante conversaciones privadas, (de las que tuvo conocimiento el CISEN y las designó como informaciones especiales relacionadas con “la seguridad del país”), al académico, político y diplomático Hugo Borman Margáin Gleason, quien, alertado por las autoridades norteamericanas, se dio cuenta del increíble fraude de las Mil y Una Noches, perpetrado desde TODOS los niveles de la institución, y obviamente, desde oficinas federales consideradas prácticamente insobornables. 

Las investigadoras Carmen Anderson y Marcela Grossgerge se preguntaban en su investigación si el petróleo mexicano era riqueza para pocos y pobreza para muchos.  

Fue en el año 1977. Tal vez no se enteraron de las averiguaciones norteamericanas que se hicieron saber directamente al diplomático Hugo Borman, cuyo hijo era catedrático de la UNAM, según se dijo. 

Incansablemente, el embajador trató de informar al gobierno, encabezado por Luis Echeverría Álvarez, con quien sostuvo agrias discusiones desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, por el gasto inmoderado—de jeque petrolero árabe, coincidentemente—que realizaba Echeverría en un inacabable periplo populista, y fue forzado antes de abandonar su puesto a decir que la deuda externa y la deuda interna tienen un límite y “ya llegamos al límite”. 

Sus discrepancias con la política echeverrista lo llevaron a dimitir el 29 de mayo de 1973. Al saber las tropelías que se cometían en Pemex, intentó advertir a las autoridades y no era escuchado… ¡Cómo lo iban a escuchar si desde entonces el hampa organizada, de cuello blanco y de otros colores, comenzaba a apoderarse de Pemex! 

Se juraba en medios policiales, especialmente en el Servicio Secreto, (posteriormente DIPD), que Alí Babá y sus 40 ayudantes eran simples “bebés”, al lado de lo que se ejercía en Petróleos Mexicanos. 

La ordeña de los ductos había comenzado en diferentes regiones del país. Los líderes sindicales vendían plazas. Los antes cumplidos obreros (en 1938 ganaban 8 pesos diarios, contra 2.30 pesos de otros trabajadores y 80 centavos para cada campesino en promedio), participaban del robo de combustibles y “muy a las escondidas”, fumaban mariguana y consumían otras drogas, sabedores que los castigos jamás llegarían realmente, sino que serían “sancionados” pero “administrativamente”, con amplias posibilidades de no perder el empleo. 

Así, el más peligroso denunciante, por el momento, era Hugo Borman Margáin Gleason, por sus contactos en Estados Unidos y su Departamento del Tesoro. 

El 29 de agosto de 1978, el filósofo Margáin Charles y su amigo, el filósofo inglés Gareth Evans fueron interceptados por varios individuos, uno de los cuales no permitió que reaccionaran, les disparó con una pistola de gran calibre. Como informó el comentarista Sergio Sarmiento, “su pecado fue ser hijo del extitular de Hacienda y embajador, Hugo Borman Margáin Gleason”.  

Sin mayores averiguaciones, como convenía a la presuntamente incipiente mafia petrolera, el atentado se atribuyó sin pruebas a la Liga Comunista 23 de Septiembre y…tanto los documentos importantísimos que poseía Jorge Díaz Serrano, así como—se dice—otros que aportaron agentes de Scotland Yard, desaparecieron en el incendio intencional que estalló en la torre de Pemex.  

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