Reportajes Especiales Retropolicíaca

INCONGRUENCIAS FAMILIARES DEL QUÍMICO

*En realidad, Rafael Pérez Hernández no era un ogro ni torturaba a sus parientes, quienes no abandonaron la Casa de los Macetones porque no se atrevieron o no deseaban irse

*En la Casa de los Macetones existían fotografías de los niños, junto a la jaula de una tigresa en Chapultepec, se llamaba “Princesa”, y se le buscaba porque había adoptado a un perro como cachorrito

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México

Ciudad de México.- En realidad, el ahora extinto –Rafael Pérez- no era un ogro ni torturaba a sus parientes, quienes no abandonaron la Casa de los Macetones porque no se atrevieron o no deseaban irse, ya que todos salían cuando se ausentaba el químico.

De hecho, algunas veces retornaba antes de lo calculado por Sonia y el químico sorprendía a Indómita en medio de alguna plática coqueta con algunos de sus amigos.

La joven corría hacia su domicilio, y sí era reprendida por su padre, pero jamás golpeada como afirmaban los diaristas de la época.

En la Casa de los Macetones existían fotografías de los niños, junto a la jaula de una tigresa en Chapultepec, se llamaba “Princesa” y se le buscaba porque había adoptado a un perro como cachorrito.

Esas fotografías evidenciaban que no existió un encierro continuo, pero quizá por la recomendación de Avecita López, hija de Adolfo López Mateos, Rafael fue acusado de “privación ilegal de la libertad, amenazas, injurias, lesiones, portación de arma de fuego sin licencia y portación de arma prohibida”.

Cabe mencionar que la Casa de los Macetones ya no existe, se ubicaba en el área que ocupa actualmente la Estación del Metro La Raza.

Para tener éxito comercial, los periódicos informaban sin comprobar que “cuando había luna llena, el químico sacaba una pistola y discutía con personas inexistentes, además de que levantaba a golpes a su familia, para que saludara a la Luna”.

Como en la zona había muchos malvivientes y no podía enfrentarlos con facilidad, a causa de su minusvalidez, Rafael Pérez Hernández instaló espejos en los pasillos y abrió mirillas en una puerta, lo que bastó para afirmar que “el secuestrador espiaba a todas horas, para evitar que sus familiares huyeran”.

Un automóvil abandonado y un gallinero originaron más ideas y se aseguró que en el vehículo “hacían el amor los hijos mayores” y que los huevos que depositaban con regularidad algunas gallinas “eran disfrutados sólo por Rafael, cuya esposa e hijos sólo podían mirar cuando él comía”.

Ante el cúmulo de embustes se abatió nueva andanada de críticas y la televisión convirtió en “Reina por un día” a la atractiva Sonia María Rosa Noé Uzueta, quien se quitaba ocho años de edad, decía haber cumplido entonces recientemente 34 años de existencia, cuando en realidad tenía 42 cuando ella y sus descendientes fueron “liberados”.

La distinción televisiva funcionó a la perfección y Sonia recibió decenas de regalos valiosos, mientras su esposo enfrentaba un proceso penal en la cárcel de Lecumberri.

En vano declararon a su favor varios vecinos, como la señora Luz María Márquez de Juárez, encargada de la tienda 145 de la CEIMSA (Avenida 110, número 108, Colonia Defensores de la República), quien negó rotundamente que Indómita, Libre, Soberano, Triunfador y Bienvivir hubieran estado secuestrados tantos años—Evolución era recién nacida—“si cada quincena acompañaban a su padre a mi negocio, nunca los vimos tristes o amenazados de muerte, al contrario, como don Rafael tiene un solo brazo, los muchachos le ayudaban con el mandado: 30 huevos, sopas de pasta, plátanos, en el mercado de la Colonia compraban, por ejemplo, 15 kilogramos de pescado”.

Francisco Rangel, dueño de una tienda de abarrotes, dijo en la Decimotercera Delegación, que por lo menos 120 pesos gastaba en víveres don Rafael, “trataba a sus hijos en forma normal, cariñosa, ellos respondían igual cada que los veíamos en el negocio”.

El propio detenido clamaba que su suegra, doña Rosa Uzueta viuda de Noé, “visitaba con frecuencia nuestro hogar y hubiera protestado airadamente si mi esposa y mis hijos le hubiesen comentado algún día que yo los torturaba o encerraba injustamente”.

Los propietarios de otra tienda, donde los niños compraban dulces, hilo, agujas, pan, declararon que era falso lo del encierro total, pues todo mundo sabía entonces que los pequeños se veían un poco raros, en la calle, porque Sonia les cortaba el cabello y les dejaba lo que vulgarmente se llama “mordidas de burro”.

Eso sí, los pequeños no sabían qué contestar cuando alguien les preguntaba la razón de sus extraños nombres: “Evolución, Libre, Soberano, Triunfador, Bienvivir e Indómita”.

Añadía sin éxito el cautivo Rafael Pérez Hernández que “no debería estar acusado de secuestro, porque cada semana o quincena tenían que entregar mercancía en terminales de autobuses o el ferrocarril, y que era obvio que sólo podía valerse del brazo derecho, necesariamente sus niños tenían que ayudarle con las cajas de raticida”.

Si hubieran estado tan inconformes como se decía, en cualquier momento hubieran podido correr y acusarlo, ¿qué necesidad había de pedir auxilio por escrito y a escondidas?, preguntaba.

Aseguraba ser librepensador, no era católico, le desagradaba la maldad del mundo y quería proteger a su familia, “mis hijos no son vagos, mi esposa y yo nos encargamos de enseñarles a leer y escribir,” decía.

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