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ISEGORÍA; LAS CARAS OCULTAS

Sergio Gómez Montero/Sol Quintan a Roo

Sólo cuando hace un hombre el viejo Dios descansa.

A veces duerme poco y es porque se lo matan

A. Tejada Gómez: “Cuando Dios descansa”

¿Cómo establecer con claridad los límites entre lo posible y aquello que, por cuestiones de principio de autoridad, no se puede permitir? ¿De dónde nace el principio de autoridad; es él necesario? Si fuera sólo un principio más de orden, quizá él se perdería entre las nimiedades de ley y de Estado. Pero si él, como sucede, es la base de ambos, no puede ser despreciado así, tan fácilmente. Es decir, la ley y el Estado encuentran su razón de ser en el principio de autoridad, pues una ley no es tal si ella no se ejecuta y su violación conlleva castigo y pena ejecutados por quien tiene la facultad de hacerlo: el Estado. Es decir, sin principio de autoridad se anula el orden y la vida social se torna caótica y confusa.

Y sí, puede ser que todo estado de transición, como el que existe en México desde el pasado primero de diciembre hasta hoy, conlleve dudas y ajustes sobre ese principio de autoridad, más aún si él se encontraba virtualmente desaparecido dada la rotura del tejido social que durante 36 años el neoliberalismo había llevado a cabo con sus acciones. Difícil era pues, en un lapso de tiempo corto, reparar el tejido social y restablecer el principio de autoridad, en un ambiente que, desde la fecha mencionada, busca a toda costa crear un ambiente propicio que no permita concretar lo que se denomina un “golpe de Estado blando”, que permita, inmediatamente después desplazar del Ejecutivo a López Obrador y del Legislativo a los integrantes de MORENA, para así dar por terminado, abrupta e ilegalmente, el periodo de gobierno del nuevo régimen legalmente establecido.

No poco, pues, es lo que hoy está en juego en el país, al poner en vilo el principio de autoridad al que, una y otra vez, hoy se está provocando por medo de una serie de acciones de provocación que poco a poco aumentan de intensidad: las pintas de mujeres en el monumento al Ángel de la Independencia; los asesinatos de militares de militares en Guerrero, Michoacán y Bochil; los “anarquistas” infiltrados en la marcha de familiares de los 43; las agresiones a las estaciones del Metrobus y a la CU, etc.

¿En dónde están los límites entre libertad de expresión y manifestación y principio de autoridad estatal? ¿En dónde la represión y en dónde el orden? ¿En dónde provocar el caos que dé paso al golpe de Estado porque la autoridad no existe? Hilvanar las respuestas a esas preguntas conforma un panorama si no grave, sí preocupante por ese inexplicable plantarle cara a un gobierno que se distingue por utilizar la paz como principio de diálogo, nunca la fuerza, no por debilidad, sino por considerar que ese camino de paz es el mejor camino para recorrer los senderos más abruptos de la vida política actual del país. La autoridad no siempre es fuerza, pero bien lo dice el estoico Marco Aurelio: quien tiene la fuerza y no la utiliza, es porque no sabe lo que es la fuerza. ¿Será pues que hoy el gobierno considera que no ha llegado la hora de utilizar la fuerza porque no sabe lo que es?

En verdad que son graves los dilemas que se plantean a la hora de preservar el orden social, y que tienen que ver indistintamente tanto con principios jurídicos y filosóficos, que con acciones concretas de uso de la fuerza para preservar ese orden. Saber manejar ambas acciones, es un principio político de gobierno esencial, que pone, siempre, en una tesitura difícil a quien gobierna (quien reprime –hace uso de la fuerza pública–, no olvidarlo, se devalúa), pues descubrir las caras ocultas de los que actúan (verdaderos provocadores profesionales) no siempre es fácil llegar a descubrir quiénes son; por el contrario, más de una vez aplicar el principio de autoridad puede ser erróneo y exagerado, de allí la necesidad de ser muy cauteloso al respecto, Ejercer el poder no es sencillo.

Mas evadir aplicar el principio de autoridad puede ser un grave error que conduce al gobierno a convertirse en un ser pusilánime, acobardado, incapaz de castigar cuando hay razón para hacerlo.

Usted qué haría: ¿aplicar el principio de autoridad o dejar sin castigo a los culpables?

*Profesor jubilado de la UPN

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