Leyendas

LA LEYENDA DEL BEBÉ FANTASMA, EN MORELIA

Redacción/Sol Quintana Roo

Morelia.- Por allá de principios del siglo pasado, en un remoto pueblo de Morelia corrían rumores que el diablo andaba suelto por las calles y que muchas personas ya lo habían visto pasearse por la oscuridad que le brindaba la noche, algunos lo veían en forma de toro, el cual según contaban los lugareños, era un enorme toro negro con ojos bien rojos al igual que sus pezuñas y que emitía un sonido sumamente espantoso al mugir, otros más comenta que habían visto al diablo en forma de un caballero sumamente refinado que ofrecía mucho dinero a cambio de que lo acompañaran, eso principalmente con mujeres, y las que lo acompañaban desaparecían sin dejar rastro alguno.

Otros más comentaban que habían visto a este personaje pero con la forma de una mujer, la cual pedía ayuda a los hombres que iban a caballo por las noches y los que aceptaban subirla a los pocos minutos de camino veían como se había transformado en un ser de aspecto horripilante, con cuernos, alas, pezuñas y cola puntiaguda, dejando a estos jinetes con graves secuelas mentales e incluso la muerte.

Don Genaro era el tipo de hombre ya con sus años encima que no creía nada de esas cosas, mal encarado, de pocos conocidos, hombre de pocas palabras y no muy sociable, pero sin embargo respetado por sus vecinos ya que el también brindaba ese respeto.

Se dedicaba al campo, y vivía solo en una humilde casa a las afueras del pueblo, algunos días sus hijos lo iban a visitar, pero casi siempre la mayor parte del año Don Genaro la pasaba sólo en su casa con sus perros y gallinas.

Uno de esos días rutinarios de trabajo, Don Genaro recibió la fuerte noticia de que lo iban a despedir por motivos financieros, ya no alcanzaba el dinero para pagarle a él ni a mucha gente más, y tristemente esa tarde fue su último día de trabajo, por suerte su patrón le había pagado completo su tiempo e incluso una compensación extra por su extraordinaria labor que hizo durante todo ese tiempo.

Enojado, malhumorado y maldiciendo en todas direcciones, Don Genaro pensó que sería buena idea irse a tomar unos mezcales a la cantina del pueblo para pasarse ese trago amargo laboral. Llegando a la cantina, vio a dos de sus conocidos, Don Joaquín y Don José, tomo asiento junto ellos, pidió 2 vasos de mezcal y empezaron a platicar. Los mezcales corrían de un lado para otro, 2, 3, 4 y ya después les dejaron la botella, la plática fluía como cualquier otra platica de ebrios de cantina.

Varias horas y varios mezcales después, la plática empezó a molestar a Don Genaro, ya que sus compañeros de mesa empezaron a hablar del tema que sonaba más en ese momento en el pueblo, el diablo y sus fechorías que andaba haciendo por las calles de la localidad, sobre los varios testimonios que afirmaban ya lo habían visto y la posible explicación a esto, que si por castigo de Dios o porque el pueblo era muy pecador, cosas más, cosas menos.

Don Genaro se puso de pie, levanto su vaso y dijo: Yo no creo en nada de eso de dioses y diablos, han de ser puros cuentos de viejas chismosas nada más, ustedes ni deberían hablar de eso, no puedo creer que piensen que eso es real…

Y finalizó: Y si existiera el diablo… A mí el diablo me pela los dientes.

En ese momento Don Genaro alzó tanto la voz a punto de gritar que toda la cantina enmudeció y lo voltearon a ver de todas las mesas, un poco apenado, bajó su copa, la bebió, tomo sus cosas, dejó el dinero en la barra y salió de la cantina. Sus ebrios compañeros se sorprendieron de su comportamiento inusual dado que a Don Genaro le importaba poco el qué dirán, sin embargó esa noche contrario a su actitud normal, demostró cierta pena de sus palabras.

Así pues, ebrio como una botella de mezcal, salió por la puerta plegadiza y tomó camino a su casa, el camino era corto ya de ahí, en unos 20 minutos y a su paso alcohólico iba a llegar sin ningún problema. A medio camino empezó a escuchar unos chillidos que asumió eran los gatos que estaban peleando, algo a lo que no le dio la mínima importancia y siguió caminando, pero a los pocos pasos después de esto escucho de nuevo ese chillido, ya se escuchaba algo diferente, ya no era de algún gato, si no era de un niño, posiblemente un bebé, Don Genaro muy extrañado por esto volteó a ver de dónde provenía aquel llanto, siguió el sonido y llegó hasta unos arbustos.

Efectivamente, se trataba de un bebé, un pequeño niño apenas de días de nacido, Don Genaro lo cargó en brazos, no sin antes maldecir y soltar todas las malas palabras que se le venían a la mente dirigidas hacia aquella mala madre que dejó a la criatura ahí a su suerte: “!Maldita vieja irresponsable cómo se le ocurre dejar a este niño aquí!” Era lo que se escuchaba decir mientras el viejo levantaba al bebé en sus brazos dentro del rebozo que le habían dejado.

Así pues Don Genaro lo llevaba cargando mientras pensaba que lo resguardaría para pasar la noche y al día siguiente lo llevaría a la parroquia con las monjas para que ellas se hicieran cargo, el bebé iba llorando en el camino y Don Genaro a pesar de su mal humor no perdía la paciencia, sólo se limitaba a decirle que se calmara y cantarle algunas canciones de cuna.

De esta forma siguieron su camino juntos, uno en brazos y el otro a pie, pero conforme avanzaban más y más en su trayecto, el bebé empezaba a pesar más y más, Don Genaro estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar caer al pesado bulto que representaba el bebé, hasta que llegó el momento en que no pudo más con el peso, y lo puso sobre el suelo.

Exhausto el pobre hombre se sentó junto al bebé que seguía envuelto en el rebozo pensado en cómo era posible que ahora pesara tanto y en un inicio lo levantó con gran facilidad. Una vez más el bebé empezó a llorar, y Don Genaro lo alzó una vez más, para su sorpresa el bulto ahora era liviano de nuevo, continuó su camino pero a los pocos pasos empezó a sentir que el bulto se transformaba en una carga insoportable para sus brazos, en ese momento el viejo hizo a un lado el rebozo para ver el rostro del infante.

Lo que vio era algo indescriptible, era un rostro cómo de cadáver, si bien un bebé de días de nacido, pero cadavérico, con unas oscuras cuencas vacías y negras en lugar de ojos, pequeños cuernos cómo de chivo, la piel grisácea, pálida, quebradiza, como cuando el muerto ya lleva días de su deceso y empezaba a emanar un olor a descomposición insoportable. El horror que sintió Don Genaro en ese momento era avasallador, el miedo mismo se había apoderado de él, lo único que pudo hacer por instinto era soltar ese horrible bulto y dejarlo caer, una vez en el piso este bulto había caído boca abajo y de nuevo el llanto del bebé se hizo escuchar.

El pobre de Don Genaro confundido y pensando si era producto de su borrachera lo que había visto y que dejo caer a un bebé al piso lo recogió en seguida y lo volteó, sólo que en esta ocasión aparte del macabro rostro que había visto, la creatura esbozó una pequeña sonrisa, dejando ver unos afilados y puntiagudos dientecillos y colmillos, y el terror incrementó cuando este ser dijo con una voz profunda, gruesa y por demás siniestra: “Hola papi, ¿porque no crees en mí?”

Don Genaro se olvidó de todo en ese momento, dejo caer el bulto una vez más y cómo pudo corrió hasta su casa, dicen que los días siguientes al aterrador encuentro de ultratumba, el viejo se la pasó en cama con fiebre altísima y alucinando con demonios y diablos, pocos días después murió al igual que sus animales, no se sabe si a causa de la fiebre, por no comer nada en días, o si fue por causas sobrenaturales.

Lo único en lo que Don Genaro fue acertado aquella noche fue su última frase: “A mí el diablo me pela los dientes”. Ya que en efecto, el mismo diablo le había pelado los dientes.

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