LEYENDAS: LA ESQUINA DEL PERRO

Redacción/Sol Quintana Roo

Leyenda.- Se dice que poco después de terminada la piratería, durante el dominio francés sobre el reino español, una pareja de jóvenes esposos llegó a Campeche.

El señor, un rico burgués era ateo, mientras que su joven esposa era devota católica. Al pasar los años, lograron concebir tres hijas.

La menor de ellas, Ofelia, no había sido bautizada por capricho de su padre. La familia tenía un perro llamado «Labrador», mascota preferida de Ofelia, a quien el can tenía un gran cariño.

Una noche sin embargo, los esposos escucharon los gruñidos y ladridos de «Labrador». Asomaron por la ventana y solo observaron al perro que ladraba hacia la parte obscura del patio.

Horas después, la pareja volvió a despertarse debido a los terribles y poderosos ladridos del can. Al asomar por la ventana pudieron observar un bulto que escapaba hacia el patio y que luego se perdió en la obscuridad. «Sin duda es un gato», pensaron y se volvieron a acostar.

Pero por tercera vez escucharon que el perro ladraba aún con más fuerza. Su sorpresa fue que los gruñidos de «Labrador» se escuchaban muy cerca, tan cerca que supusieron que su mascota había entrado a la casa. Pero al prestar más atención, no solo escucharon los ladridos del can, lograron escuchar unos gruñidos muy graves, y más aún, los gritos de terror de una niña: Ofelia.

El pensamiento de los padres fue de inmediato suponer que «Labrador» se había vuelto loco y estaba atacando a su hija. Enseguida llamaron a los sirvientes para intentar detener al posible agresor, pero al entrar a la habitación descubrieron una escena por demás aterradora: un terrible monstruo tenía tomada a Ofelia, mientras «Labrador» mordía y rasguñaba las patas del ente; este pateaba al pobre animal en sus costillas y lo golpeaba brutalmente contra la pared.

Los padres y los sirvientes quedaron despavoridos ante el dramático cuadro. La madre de Ofelia solo alcanzó a gritar: «Dios mío apiádate de nosotros».

Entonces ocurrió el milagro pues ante la admiración de todos, el demonio agazapó su rostro, soltó a Ofelia y saltó por la ventana desapareciendo con la luz el sol.

La pequeña Ofelia estaba a salvo. Ese mismo día, su padre pidió bendecir la casa, bautizar a su hija y a él mismo, así como a todos sus sirvientes que no recibían el sacramento. El valiente «Labrador» murió poco después. Sobre su piel se observaban mortales quemaduras y golpes.

En su honor, la familia ordenó construir tres estatuas: una con el rostro del perro, esta fue enviada a la ciudad de Mérida; la segunda muestra al can de pie, esta fue enviada a la ciudad de México; y la tercera es la que adorna el tejado de la casa que aún subsiste hasta el día de hoy.

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