Narcotrafico

«LOS ARETES»: JEFES DEL CÁRTEL DE TIJUANA

*Una vez que Javier Caro Payán quedó en libertad, regresó a Tijuana para tratar de recuperar su territorio, pero fue asesinado por un jovenzuelo que vestía ropas deportivas, tenis y gorra de beisbolista 

Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Cuarta de siete partes)

Ciudad de México.- «El Chuy» Labra, junto con Aguirre Galindo ya eran los amos de Tijuana y fue entonces cuando decidieron llamar a todos los Arellano Félix, encabezados por Benjamín, para formar lo que a la postre sería el famoso Cártel de Tijuana, rebautizado por las autoridades como el Cártel de los Arellano Félix (CAF). 

Francisco Rafael, nació el 24 de octubre de 1949; Norma Isabel, el 28 de noviembre de 1950; Benjamín, 12 de marzo de 1952; Carlos Alberto, 20 de agosto de 1955, a la postre médico cirujano; Eduardo, 10 de noviembre de 1956, también sería doctor; de Alicia María y Enedina (contadora pública con maestrías en economía en universidades extranjeras), se desconocen sus fechas de nacimiento. 

Ramón, 31 de agosto de 1964; Luis Fernando, 26 de enero de 1966 y Francisco Javier, 12 de noviembre de 1969, así como los medios hermanos Manuel y Jesús Arellano, éste último sería sacerdote católico y se iría a residir a Roma, Italia.    

La dinastía Arellano Félix en pleno, había arribado a la ciudad fronteriza; bastarían unos cuantos años para que, al menos Francisco Rafael, Benjamín, Ramón, Eduardo, Carlos Alberto y Francisco Javier, se transformaran en los capos más poderosos, sanguinarios y despiadados del país.    

Así, seis de los miembros del clan se adentraban en las entrañas del tráfico de drogas. Mientras tanto, los demás hermanos eran obligados a permanecer fuera del negocio y sólo tenían como obligación, estudiar y convertirse en profesionistas, ajenos por completo al tráfico de drogas.   

Los incipientes narcos, quizá aún con resquicios de valores o principios, no querían que sus hermanos fueran también narcotraficantes.   

Pero aun así, el nombre de los Arellano Félix seguía siendo desconocido en Baja California. Quien figuraba como jefe absoluto era Javier Caro Payán, sólo que su reinado resultaría efímero, pues en menos de dos meses, por informes que presumiblemente filtró el mismo Benjamín Arellano, su jefe fue detenido en Canadá, cuando pretendía introducir un cargamento de 120 kilogramos de cocaína base. En dicho país permaneció encarcelado poco más de dos años.    

Ese lapso, fue aprovechado por Labra Avilés y Aguirre Galindo para erigirse como fundadores y auténticos jefes del Cártel de Tijuana, aunque decidieron, por cuestiones de estrategia, que los que tendrían que la cara y aparecer como jefes serían los hermanos Arellano Félix.    

Un claro ejemplo de la inteligencia entre unos y otros, es que mientras que Labra Avilés y Aguirre Galindo gozaron del anonimato durante más de 12 años, hasta que los mencionó el subdelegado Ernesto Ibarra Santés, los Arellano sólo pudieron mantenerse dentro de su incógnita durante algunos años, ya que tras el magnicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, se convirtieron en los narcotraficantes más buscados, aparentemente, por los gobiernos mexicano y estadounidense.  

Una vez que Javier Caro Payán quedó en libertad, regresó a Tijuana para tratar de recuperar su territorio, pero fue asesinado por un jovenzuelo que vestía ropas deportivas, tenis y gorra de beisbolista. 

Se había consumado una ejecución más de quien sería el principal sicario del Cártel de Tijuana: Fabián Martínez González, alias «El Tiburón», al que apodaban así, «porque no se andaba con mamadas», según declaraciones del narcojunior Alfredo Hodoyán Palacios, porque cada vez que se le encomendaba un «trabajo» (eliminar a alguien), lo cumplía al pie de la letra.  

Fabián, quien se convertiría en el jefe de los sicarios de los Arellano, era temible por su certera y mortal puntería con su pistola escuadra 9 mm., aunque manejaba con singular destreza todo tipo de armas de fuego, principalmente los fusiles de asalto.  

El aspecto aniñado de Fabián, su delgadez, su descuidada manera de vestir y su aparente desenfado, lo hacían parecer como uno de tantos vagos sin oficio ni beneficio, pero en realidad se trataba del principal ejecutor de los Arellano.    

Manuel y Arturo, hermanos de Fabián, apodados «La Mojarra» y «Lino Quintana, respectivamente, le siguieron los pasos. El primero se convirtió en escolta personal de Benjamín Arellano, mientras que el segundo, de Ramón.    

El primero se suicidó al verse copado por sicarios rivales, el 23 de mayo de 1998, mientras que los otros, fueron autores de matanzas colectivas, como la de «El Sauzal» y «El Limoncito». Ambos están tras las rejas.    

Una vez que los Arellano se aposentaron en la ciudad de Tijuana, en el fraccionamiento Chapultepec-California, fueron instruidos por sus jefes, Labra y Aguirre, que se relacionaran con lo mejor de la sociedad bajacaliforniana, principalmente con los jóvenes.    

De esa manera contactaron a muchachos, hijos de acaudalados empresarios y magnates. Su misión principal era inducirlos en el consumo de drogas para que después, acicateados por su adicción, no pusieran reparos para hacer cualquier cosa y sirvieran a los intereses de la organización.  

NACEN LOS «NARCOJUNIORS»  

De esa manera nacieron «Los Narcojuniors»: el grupo más temible de gatilleros a sueldo, conformado por jóvenes de elevada posición social.   

Dada la cercanía con la frontera estadounidense, utilizada obviamente para la introducción de droga al vecino país, también trazaron la estrategia para que los jóvenes asesinos pudieran escapar sin problemas luego de cumplir alguna de las ejecuciones ordenada.   

El Barrio Logan de San Diego, California fue el sitio escogido como refugio para los jóvenes asesinos y ahí no sólo encontraron abrigo, sino también a muchos otros muchachos, ávidos de emociones fuertes que de inmediato se sumaron al grupo de sicarios.   

Fabián, «El Tiburón», conocido también como «El 99» o «El 9», fue uno de los primeros en ser llamado por Ramón, porque lo conoció desde que ambos iban a «Los Patines de Plata», propiedad de «Don Chuy» Labra, donde lo mismo consumían cervezas, licor o droga, para finalmente salir a las calles y hacer lo que su tío llamaba «travesuras».    

Juvenal Gómez Buenrostro, Alejandro Cázares, Luis y Medardo León Hinojosa, «El Abulón»; Alejandro, Agustín y Alfredo Hodoyán Palacios, Fausto Soto Miller, «El Chef»; Enain y Endir Meza, Alfredo Brambila, Ramiro Zúñiga, Gustavo Miranda, Rogelio Berber Campos, Emilio Valdés Mainero, Francisco Cabrera Castro y Gilberto Vázquez Culebro, eran algunos de los «narcojuniors».   

Humberto Rodríguez Bañuelos, «La Rana»; Arturo y Everardo Páez Martínez, Fabián Reyes Partida, «El Gordo»; Daniel Huerta, Alejandro Weber, Moisés y Francisco Cabrera Castro, Alfonso Villaseñor, «El Calaco»; Juan Carlos Sánchez Díaz, «El Chalina»; David Barrón Corona, «El CH»; Fernando Castaño y muchos otros jóvenes más, pasaron también a formar parte de los llamados «narcojuniors».    

Respecto a las diversiones de Ramón y Fabián, varios de los narcojuniors relataron en sus declaraciones ministeriales que cuando se aburrían, el mismo Ramón exclamaba:    

«¡Chingue a su madre! Ya estuvo bien. Vamos a Matar a alguien. ¿A ver, con quién tiene bronca alguno de ustedes?    

Si alguien de los ahí reunidos respondía y mencionaba a tal o cual persona, al día siguiente aparecía muerto el nombrado. También dijeron que en ocasiones solían tomar como tiro al blanco a quien pasara por el lugar y les resultara desagradable.   

Luego de cometer sus crímenes, ambos lo celebraban jocosamente, para después irse a comer.    

Según testimonios de algunos «narcojuniors» detenidos, aseguraron que Fabián llegó a decir que matar le abría el apetito y «comía rico».  

Su sitio favorito para reunirse, luego de acudir a los «Patines de Plata», era un enorme árbol de pirúl, enclavado sobre la avenida Zitácuaro en la colonia Chapultepec, donde bebían, escuchaban música y se drogaban, para finalmente matar por matar, por diversión nada más. 

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