Reportajes Especiales

MICHOACÁN, JOYA DE LA CORONA DEL TRÁFICO DE DROGAS

*Cuando México se integró a las rutas internacionales de las drogas en los años ochenta y noventa, Michoacán se volvió una de las joyas de la corona. La violencia en Aguililla viene desde esa época, ¿Por qué tanto revuelo ahora?

*La costa del Pacífico no estaba monitoreada y el puerto de Manzanillo, Colima, estaba a la vuelta. La regón de la costa-sierra se convirtió en un territorio crucial para el almacenamiento, producción y transporte de drogas entre el Pacífico y las rutas que llevan al norte

*” Todo el mundo cultivaba droga desde que tengo memoria, no había otra cosa que dejara dinero, era eso o irte del otro lado”

Redacción/La Opinión de México/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche

*Corresponsalías nacionales/Reportajes especiales

Michoacán. – “Aguililla es tierra de nadie, sí, pero esta situación se vive cuando menos desde hace 50 años. Hace tres años llegaron treinta individuos armados con “cuernos de chivo” y R-15. Me destruyeron la cerca, quemaron el cerro y robaron mis animales y mi camioneta. Fui a la Promotoría Agraria de Buenavista y nadie me hizo caso. Ya sé que torturan a toda persona inocente, porque los traficantes de drogas andan con las autoridades.”

Este testimonio proviene de un habitante del municipio de Aguililla, Michoacán. Pero no es de 2021. Se publicó hace precisamente 31 años, en abril de 1988.

En México abundan los análisis e investigaciones sobre la violencia que se fundan en la idea de un pasado pacífico, donde el país estaba gobernado por el orden priista y los narcos se portaban bien. Sin embargo, tanto los estudios históricos críticos como la etnografía han demostrado que la violencia de hoy viene de antes.

Puente entre la sierra y la costa, Aguililla, con 15.000 habitantes, es una zona de ríos y arroyos. A minutos del centro está la sierra, guarida perfecta para las mafias. Y al otro lado de la sierra aparece la costa y el gran puerto de Lázaro Cárdenas, un hub industrial de primer nivel. No hay carreteras entre el pueblo y el litoral, solo brechas.

Las mafias pelean a muerte esas brechas y sus comunidades. Cada poco día llega el rumor de otro rancho asediado, vecinos que dejan sus casas porque un grupo criminal las ocupa y convierte en trincheras. El pueblo vecino de Apatzingán ha recibido a cientos de moradores de Aguililla en los últimos meses, que llegan con lo puesto. La descomposición de los grupos de autodefensas en el Estado y la tibia respuesta del Gobierno al empuje de las mafias dejan a los vecinos indefensos.

A la violencia directa de los últimos tiempos se suma el problema de la carretera. Porque no hay rutina que conviva con el aislamiento que el crimen ha impuesto a Aguililla. A finales del año pasado, uno o varios de los actores armados en conflicto en la región cavaron zanjas en la vialidad que une el municipio con Apatzingán, pueblo grande de la zona, su cordón umbilical con el mundo. Los vecinos se vieron obligados a dar grandes rodeos por la sierra, paso controlado también por los grupos armados, que han instalado retenes en las brechas, convirtiendo la región sierra-costa de Michoacán en un absurdo.

El adjetivo no es gratuito: ni siquiera los vecinos tienen claro qué grupo es cuál y qué intereses defienden, por no hablar de las ideas. Solo saben que hay retenes, zanjas, que la vía principal no se puede usar prácticamente nunca. En los últimos días, la policía de Michoacán ha llevado maquinaria a la carretera para tapar las zanjas.

Para muchos vecinos, el dilema no es irse o quedarse, sino cuando salir. El barbero Javier —nombre ficticio— cuenta que quiere irse lo antes posible. Ha postulado para conseguir una visa de trabajo en Estados Unidos. Otra opción es marcharse a Morelia, la capital de Michoacán. Javier tiene un bebé de seis meses y desde noviembre no puede ir al pediatra: en Aguililla no hay, la carretera no ha sido una opción y arriesgarse por la sierra tampoco le atraía.

En 2021, Aguililla sigue llenando portadas por un conflicto violento entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y una federación de grupos michoacanos llamada Cárteles Unidos. Gran parte del municipio está sitiado. Hace meses que nada entra a Aguililla: ni comida, ni víveres, ni medicamentos, ni seres humanos. Los que salen son desplazados.

El territorio no tiene acceso al mar y la única ruta aceptable lleva a la ciudad de Apatzingán. El resto son caminos y brechas que conectan con los municipios colindantes de Coalcomán, Arteaga, Tumbiscatío, Tepalcatepec y Buenavista Tomatlán.

Históricamente, el aislamiento geográfico es lo que mejor caracteriza a Aguililla; estas condiciones fueron potencializadas tanto por el desarrollo desigual mexicano como por los caciques, traficantes y gobernantes que hicieron todo lo posible para mantener el territorio en una condición de aislamiento.

Cuando hablan de los grupos criminales, los vecinos de Aguililla dicen “los de allá” y “los de aquí”. Los de allá son el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), grupo capitaneado por Nemesio Oseguera, alias El Mencho, uno de los presuntos narcotraficantes más buscados por los gobiernos de México y Estados Unidos, heredero mediático de El Chapo Guzmán y el cartel de Sinaloa. Los de aquí son los restos de grupos de autodefensas, apoyados por remedos de redes mafiosas de la región.

Surgidos durante los primeros años del Gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018), los grupos de autodefensas de Michoacán vivieron un auge importante hasta 2015. Cansados de la extorsión de mafias como los Caballeros Templarios o la Familia Michoacana, molestos con la dejadez del Gobierno, vecinos de varios pueblos como Apatzingán, Tepalcatepec o Buenavista Tomatlán tomaron las armas y se constituyeron en corporaciones parapoliciales. También en Aguililla se organizaron. Ocurrió sin embargo que aquella idea naufragó. Las mafias se infiltraron en las autodefensas y luego los grupos se rompieron y atomizaron. La violencia sigue y la población cada vez goza de menos espacio para moverse.

Manuel, también nombre ficticio, un ingeniero de sistemas de 49 años, nació y creció aquí. Conoce los nombres de todos los que una vez formaron parte de las mafias marihuaneras del siglo XX, de los caciques que organizaron las autodefensas hace algo menos de 10 años. De los vínculos de estos caciques con los Caballeros Templarios, de la evolución de aquellas redes criminales, de la aparición del Cartel Jalisco Nueva Generación. “Pues es que al final son todos de aquí”, explica, mientras da nombres y más nombres, bandidos originarios de Aguililla y sus inmediaciones. “El mismo Mencho es de aquí”, señala, “de Naranja de Chila, una tenencia [comunidad] de Aguililla”.

A falta de alumnos, Manuel cultiva tomates en una pequeña parcela familiar. Prefiere no decir su tamaño para evitar que la identifiquen. La temporada empieza en agosto, con las lluvias. En diciembre cosechan. “El año pasado, cuando íbamos a empezar a sacar la cosecha, trocearon la carretera. Ahí perdimos todos dinero”, cuenta. Hasta que cortaron la vía, los agricultores de Aguililla llevaban su mercancía a Apatzingán. Solo tenían que pagar a los grupos 5.000 pesos —unos 220 euros— por “carro de tomates”. Sin gustarle, la cuota no les impedía vivir. Para ellos, la carretera es la vida. Manuel piensa esperar al próximo ciclo escolar, a la siguiente temporada de cultivos. Lo que ocurra entonces podría definir su futuro y el de cientos de vecinos de una población asediada.

Cuando se implementaron los programas de desarrollo del valle del Tepalcatepec –encabezados por el General Lázaro Cárdenas en los años cincuenta– la Sierra Madre del Sur se quedó fuera de la inversión, de los distritos de riego y del primer “milagro” agrícola michoacano.

Luego, las reformas estructurales de los ochenta y noventa dieron el giro final hacia la agroindustria de exportación –los limones, aguacates y fresas michoacanas, entre otros– y terminaron de marginar a Aguililla.

En estos espacios del México rural, la prospectiva era la de siempre: emigrar a Estados Unidos o dedicarse a los cultivos ilícitos.

Aguililla lideró ambos. Se fueron miles de habitantes al norte, mientras que las condiciones climáticas resultaron ideales para producir amapola y marihuana, como lo cuenta un exlíder de las Autodefensas del municipio acerca del periodo de los años ochenta y noventa:

“Todo el mundo cultivaba droga desde que tengo memoria […] No había otra cosa que dejaba dinero, era eso o irte del otro lado”

“Aguililla es un pozo, nos iba bien pero no creas que era todo divertido. Los verdes (militares) te chingaban a madrazos en las casas, torturaban, te llevaban y la maña de aquí te mataba por una parcela de mota o de amapola, por unos buenos kilos, por un robo, mataban recio eh, hermanos, familiares, pero había tanto dinero que la gente seguía, decían: “¡Hasta las piedras se venden aquí!”. Comprábamos cualquier cosa, camionetas del año sin saber manejar, las reventaban en una pared y luego iban a Uruapan y se compraban otra”.

Los apellidos detrás de estas actividades son un paseo de la fama de la mafia michoacana. Parte de los Valencia, Nazario Moreno “El Chayo”, Servando Gómez Martínez “La Tuta”; Juan José “El Abuelo” Farías; Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Todos nacieron en un radio de 60 kilómetros alrededor de Aguililla.

Lo que cuentan sus biografías son más de cuarenta años de profesionalización del narcotráfico. Cuando México se integró a las rutas internacionales de las drogas en los años ochenta y noventa, Michoacán se volvió una de las joyas de la corona. La costa del Pacífico no estaba monitoreada y el puerto de Manzanillo, Colima, estaba a la vuelta. La región de la costa-sierra se convirtió en un territorio crucial para el almacenamiento, producción y transporte de drogas entre el Pacífico y las rutas que llevan al norte.

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