Retropolicíaca

MILA JARUSHKOVA, LA PRIMA ESPÍA DE MIROSLAVA

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/La Opinión de México

(Sexta de siete partes)

Ciudad de México.- El servicio de espionaje austríaco reconstruyó, pormenorizadamente, las etapas del viaje de Mila Jarushkova, la prima espía de Miroslava.  

Se había alojado en Copenhague en el mismo hotel en que se hospedaba un enviado de Masaryk venido de Londres, a quien el servicio de espionaje alemán seguía los pasos. Había tenido varias entrevistas con él. Un testigo demostró que estaba en estrechas relaciones con la organización secreta del espionaje de los insurgentes checos.  

Investigaron su pasado en Bohemia y descubrieron que era hermana de José Jarushkova, que había abandonado el país después de que los austríacos ahorcaron por delito de sedición a su mejor amigo.  

Las autoridades la enviaron a la cárcel reservada a los prisioneros políticos en Viena. Un año antes habían arrestado a la doctora Alicia Masaryk, hija del libertador de Checoslovaquia y que fue su primer Presidente.  

Jarushkova ocupó la misma celda. Se había iniciado el hambre en Austria. Los carceleros daban a los prisioneros una comida horrible y escasísima. El servicio de espionaje aplazó el juicio más de un año, con la esperanza de reunir pruebas más convincentes contra Mila Jarushkova. Durante todo ese período ella sólo comió pan de maíz mezclado con cebada y sobras de patatas medio podridas.    

La principal preocupación de Mila era no haber podido entregar los mensajes que le habían dado en Nueva York, en Londres y Copenhague. Se le había dado un santo y seña, y le habían explicado a quién entrevistar y prevenido de tratar ese asunto con cualquier desconocido.  

Entre los empleados del servicio de espionaje checo, en Praga, figuraba un funcionario de la policía que desempeñaba sus actividades de espionaje con el mayor sigilo. Comunicó a sus correligionarios que estaba seguro de que Jarushkova era una de las espías. Fuera de él, nadie se atrevió a acercarse a Mila, por temor a comprometer a toda la conspiración. Así, pues, antes que los austríacos la trasladaran a Viena, fue a visitarla a la cárcel una noche, pronunció el santo y seña, le reveló que era partidario de Masaryk y le pidió que le entregara los mensajes.    

Ella no recordaba su nombre y creyó que se trataba de un espía enemigo, “no le conozco ni sé de qué está hablando”.  

A medida que se acercaba su juicio, se volvía cada vez más difícil aconsejarla. Entre los veinte diputados checos que figuraban en el parlamento imperial, muchos eran abogados, más si uno de ellos la hubiera defendido, habría arriesgado con ello su propia vida. Muchos eminentes abogados checos que no eran revolucionarios, no se negaron directamente a tomar en sus manos su caso, pero exigieron honorarios exorbitantes. Por fin, un abogado austríaco se ofreció a defenderla.

Aunque absolutamente leal al imperio, creía que cualquier acusado, inocente o culpable, tenía derecho a que se le proporcionara un defensor competente.    

Sin cobrar un solo centavo aceptó el caso. Dijo a Mila Jarushkova que las pruebas en su contra no eran decisivas y que, a su parecer, los austríacos se concretarán a encarcelarla mientras duraron las hostilidades.    

El dolor de fracasar, de no haber podido entregar los mensajes, era una obsesión para ella. Hacía mucho que los informes habían dejado de ser útiles. Sin embargo, un hecho relativo a la situación de América era tan importante entonces como en la primavera de 1917. El tribunal austríaco no la juzgó sino hasta Julio de 1918.

Unos días antes de que comparecerá ante la corte marcial, su abogado le entregó, clandestinamente, unos periódicos.

En uno de ellos leyó que varios diputados checos asistirían a su proceso. Esa noticia la alentó, pues comprendió que aún le sería posible cumplir su misión.

No pudiendo entregar en lo particular sus mensajes, haría público el más importante de ellos.

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